Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo sexto, mola mazo)

Vaya, vaya, todo se ponía más interesante aún; si aquello era un archivo con un nombre tan atrayente, el hecho de que estuviera protegido por una clave multiplicaba su interés por mil. Me asomé al pasillo y miré a la derecha y a la izquierda, como si fuera a cruzar una autopista. La cuadrilla de albañiles se afanaba en repartirse el trabajo y las herramientas, y aún no habían dado un solo golpe; por el otro lado, la puerta seguía cerrada a cal y canto y no se veía ni rastro de Jaime Calahorra. Así que volví al escritorio y me quedé mirando aquella ventanita parpadeante. Otro acertijo más, pero éste aún más complicado porque no teníamos ni enunciado, ni pistas, ni nada de nada. Empecé probando lo obvio, es decir, metiendo el nombre del director, su apellido, el nombre de la academia… Nada. La única respuesta que obtenía era siempre la misma: CLAVE INCORRECTA. VUELVA A INTRODUCIR LA CLAVE DE ACCESO. Ya sabía yo que Jaime no era tan tonto como para que la clave fuera así de sencilla. Después de estos intentos fallidos, pasé a la siguiente fase: buscar un papelito, nota o algo parecido en el que viniera escrita la clave de acceso al fichero de marras. Rebusqué en el cajón, en las papeleras, leí sus anotaciones en los folios y en los cuadernos,pero nada, no obtuve ningún resultado.

Aquello no tenía salida alguna; quizá la clave estuviera guardada en alguno de los cajones cerrados, quizá fuera el nombre de su actriz porno favorita, yo que sé. La cantidad de posibilidades era enorme. No infinita, pero sí lo suficientemente grande como para aburrir a cualquiera. Pero Juan Cacho no era cualquiera. Recordaba mis tiempos de estudiante y las ocasiones en las que se me atragantaba un problema y no paraba de darme cabezazos contra su enunciado hasta que abría la última puerta y sacaba a la luz el tesoro que escondía, en forma de solución. Así que intenté meterme en la mente de Jaime Calahorra y pensar como lo haría él. Es un tipo simple que no se complica la vida, que vive al día, pesetero donde los haya… Además no tiene una memoria prodigiosa, ni mucho menos, de manera que la clave debía ser como él: sencilla, fácil de recordar, tan simple que el recordarla fuera cuestión de un parpadeo. Un parpadeo.

No hay nada como la asociación de ideas para resolver problemas, y este era uno, y de los gordos. Parpadeo. Recordar con un parpadeo. Mientras pensaba eso, miraba fijamente la pantalla, a la puñetera ventanita, parpadeando frente a mí, INTRODUZCA LA CLAVE DE ACCESO, INTRODUZCA LA CLAVE DE ACCESO, INTRODUZCA… Joder, no podía ser tan simple. Lo tenía delante de mis ojos, durante todo el tiempo lo tuve y no había sido capaz de verlo. Siempre se ha dicho que cuando quieres esconder algo, lo ideal es no esconderlo sino dejarlo a la luz. Nadie lo buscará delante de sus narices, lo hará en los lugares más insospechados y recónditos. Y creía que esta vez pasaba lo mismo. Si era así, Jaime Calahorra era mucho más listo de lo que yo creía, pero muchísimo más.

Esta sería la última vez que lo intentaba; si no acertaba, apagaría el ordenador y olvidaría el asunto. Lentamente, acerqué mis manos al teclado y escribí LA CLAVE DE ACCESO. Durante unos segundos interminables la ventanita dejó de parpadear, como cada vez que comprobaba si esa era la clave correcta. Pero esta vez el resultado fue distinto; ahora, la ventanita ocupó la totalidad de la pantalla, saludándome con un cordial HOLA JAIME y mostrando un listado con dos columnas. En la primera, se apilaban un buen montón de direcciones de páginas web, y en la segunda, una fila igual de larga con palabras sin sentido, algo que parecían claves de acceso o palabras en clave o yo que sé. Rápidamente, mandé imprimir ese listado para después hablar con Ángel y que me ayudara a decirme que demonios podía significar todo eso. Cuando la pantalla volvía a recuperar su color negro, después de apagar el ordenador y devolver el CD a su sitio, la puerta de la academia se abrió, y la voz de Jaime Calahorra…, resonó por el pasillo.

—Ya he vuelto… ¿Cómo anda la cosa?

Joder, por los pelos, por los putos pelos. No, si al final terminaría con todo el pelo blanco, como si lo viera. Bueno, dicen que las canas son atractivas.

Pero que listo es este Juan Cacho. ¿Y ahora qué? ¿Qué significado tiene todo ese listado? ¿Podrá resolver el entuerto con la ayuda de su vecino? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. 

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