Capítulo 11: Unas webs, una cámara y un par de problemas… (versículo tercero)

—¿Qué te pasa que parece que has visto al demonio?

—¿Al demonio? Me cago en la leche que mamé. Si todo es por tu culpa… Claro; te hago caso, y me meto en unos follones…

—Un momentito, un momentito… ¿Me lo puedes contar despacito o no?

Vicente entró en el dormitorio y se sentó en el borde de la cama. Ángel lo miraba divertido, Nieves pensando en si no estaría un poco sucio para sentarse en la cama, y yo… Bueno, yo no sabía qué pensar, porque conocía a Vicente y sabía que no se ponía así de nervioso por cualquier tontería.

—Joder, joder qué follón…

—Juan, ¿no crees que mi hermano…? —Para darle más fuerza y sentido a la frase, Nieves señalaba la puerta con la barbilla, señalando el camino que debía seguir su hermano, camino al salón.

—Eh, quieta, hermanita, que yo también estoy metido en el ajo, y te conviene quedarte calladita, si no quieres que papá y mamá se enteren de nada.

Nieves se puso colorada al instante, y me echó una mirada de furia que me atravesó de parte a parte. Eso sólo podía significar una cosa: que mis días estaban contados y que ya me enteraría de lo que valía un peine en cuanto me pillara a solas.

—Ejem, bueno… A ver, ¿qué te ha pasado?

—Pues que la he cagado, macho, que la he cagado… Resulta que estábamos echando abajo la pared, para moverla del sitio, cuando el mamón del Gollina coge la escalera no sé para qué cojones, y le ha pegado un viaje a la escayola que

no veas…

—Vaya por Dios… Pero bueno, no pasa nada, si eso tiene arreglo —intentaba quitarle hierro al asunto, a ver si así se tranquilizaba.

—No, si eso no es lo malo… Al romper la escayola se ha abierto un agujero en el techo y al mirarlo, fíjate lo que nos hemos encontrado.

Se metió una mano en el bolsillo y dejó encima de la cama un pequeño aparato. Así, a simple vista, parecía un ojo con sus venas saliendo de la parte de atrás, pero al observarlo más detenidamente, no tenía ni idea de lo que podía ser aquel chisme.

—¿Pero eso qué coño es? —Una vez más, yo hacía gala de mi sabiduría y elegancia al hablar.

—Leches, una webcam —Angelito, que estaba muy puesto en todos esos temas, fue el que identificó al pequeño Polifemo sin cuerpo.

—¿Una qué? Ay por Dios, que me llevan al talego otra vez…

—Una webcam es una cámara muy pequeña que se usa para poder hablar con alguien por el ordenador y verlo a la vez.

—Vale, muy bien, Ángel —interrumpí yo—, pero me puedes explicar qué demonios hace eso en el techo de un cuar…?

Me quedé clavado, con la frase a medio terminar, como si las letras se hubieran enganchado en un diente y no pudieran terminar de salir. Algunas piezas, no todas pero sí algunas, estaban cayendo en su sitio y ahora el puzle tenía más sentido. Ya podía ver uno el lago, las casas del fondo y la barca. Sólo faltaba terminar el resto del pueblo y la cadena de montañas que llenaba el horizonte para terminarlo y colgarlo de una alcayata, con su marquito y todo.

—Juan, ¿qué pasa? —Nieves me zarandeó, sacándome de mis pensamientos.

—Que acabo de recordar de qué me sonaban los vídeos que vimos en los cedés… Son los servicios de la academia.

—Me cago en la hostia puta, me cago en todo lo que se menea… No veas que follón… —Vicente se mesaba el pelo, echando hacia atrás su flequillo, como si eso pudiera aliviar la tensión.

—¿Quieres decir que esas chicas…?

—Sí, Nieves, esas chicas eran alumnas de la academia, y ese cabrón las ha filmado en los servicios; seguramente, alguno de los halógenos no tiene bombilla, y por ahí grababa la cámara. Claro, eso es, eso explica…

—¿El qué explica? —Nieves se estaba impacientando por momentos.

—Hoy, cuando llegué a la academia, vi a Jaime subido encima de una taza de váter, y me dijo que estaba quitando los halógenos para la obra. Pero creo que lo que estaba buscando era la cámara, para quitarla de en medio y, al llegar yo, pues se le fastidió el plan.

—Creo que voy a llamar a la policía.

Mi vecina se levantó de un salto, dispuesta a coger el teléfono y empezar a pedir auxilio a los cascos azules de la ONU.

—Quieta, Nievecitas, espérate un segundo. Vamos a pensar…

—¿Pensar? ¿Qué demonios hay que pensar? Ese cabrón está grabando a las chicas desnudas. ¿A qué vamos a esperar?

—Joder, Juan, es verdad.

—Vicente, hombre, piensa un poco… Llamamos a la poli, y le decimos: «Buenas, aquí hemos encontrado una cámara, pero también resulta que, al registrar en casa de un vecino, hemos encontrado unos cedés que…». ¿Lo entiendes?

—Ya, pero no vamos a dejar a ese tío que se salga con la suya, ¿no? —Ángel estaba tan asustado, que casi no le salía la voz del cuerpo.

—No, Ángel, descuida… Pero aquí quedan cabos sueltos por resolver, y no quiero que nadie se me escape.

—¿Qué quieres decir con eso de los cabos sueltos? —me respondió Nieves, un tanto más tranquila.

—Pues verás, hay determinados asuntos que aún no tengo claros, como por ejemplo los cedés de casa de Odón, los vídeos, y si la muerte de Remedios tiene algo que ver con esto. La relación entre Odón y Jaime… No sé, demasiadas cosas pendientes. Así que tú —dije señalando a Vicente— coge la cámara, ponla en su sitio y tapa el agujero. Antes, mira a ver si ves cables y cosas por el estilo, y hasta dónde llegan.

—A sus órdenes, mi cabo… Qué tío este Juan. Me encanta cuando se pone a dar órdenes.

—Y tú Angelillo, sigue mirándome esas webs, a ver si puedes corroborar que Jaime sea el dueño…

—De acuerdo, me pongo manos a la obra.

—¿Y yo? —Nieves estaba cruzada de brazos, plantada en medio del cuarto, esperando que le pusiera deberes.

—Tú… Tú… Vuelve a acostarte, que necesitas descansar, igual que yo. Necesito pensar, y mucho.

—Mierda de hombres… Nunca queréis que hagamos nada, no vaya a ser que estropeemos algo… —Y refunfuñando, salió del cuarto, dando un portazo.

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