Capítulo 11: Unas webs, una cámara y un par de problemas… (versículo cuarto)

—Joder, qué temperamento tiene la chiquilla. Bueno, me voy corriendo para la academia, que tengo que devolver esta
mierda a su sitio. Dentro de un rato nos vemos en la casa, Juan.
—Venga, Vicente, y no te entretengas. Y tú, Angelillo, ya sabes lo que te he dicho… Pero ten cuidado, ¿vale? No vayas
a meter la pata…
—Tranquilo, tronco, que sé lo que me hago. Además, tengo un par de colegas que me pueden echar una mano si me hace falta.
—Vale, pues te dejo, que estoy molido y necesito descansar. Nos vemos.
Subí los escasos peldaños que me separaban de casa y me adentré en las profundas oscuridades del cuarto. Intentaba
pegar ojo pero no hacía más que dar vueltas y vueltas, como si la cama fuera una coctelera y un gracioso estuviera preparando un litro de mojito conmigo y el colchón de ingredientes. Estaba reventado físicamente, pero la cabeza no paraba, así que no había manera de poder cerrar los ojos y relajarme; para colmo, el calor era asfixiante y las sábanas se me pegaban al cuerpo con el tacto de un lametón de vaca.
Y es que todas las cuestiones de los últimos días no hacían más que rebullirme dentro de la cabeza; y lo peor de todo era que, conociéndome, sabía que hasta que no diera en el clavo no pararía de darle vueltas. Una noche, varios días antes de un examen de la carrera, no conseguía resolver un problema, así que me eché en la cama a descansar, esperando que al día siguiente me llegara la inspiración en forma de musa o de fotocopias de un compañero, pero no conseguía conciliar el sueño. A eso de lascinco de la mañana se me abrieron los ojos como platos.  Salté de la cama, encendí la luz de mi mesa y empecé a escribir como un loco, antes de que la solución que se me acababa de ocurrir se diluyera entre los vapores del sueño. Cuando terminé de garabatear seis folios empecé a dar saltos alrededor del cuarto dejándome llevar por la euforia. Aún hoy día, de vez en cuando, mi madre me pega unos cuantos cogotazos a resultas del susto que le di aquella noche. Así que, o me relajaba, o me veía hasta las tantas de la mañana girando sobre mí mismo. De pronto, recordé que, con las prisas del día, no me había tomado las vitaminas que me mandó el farmacéutico el día del desmayo, así que, descalzo y en calzoncillos, me fui hasta la cocina. Cogí un vaso, lo llené hasta la mitad de agua y saqué una de las ampollas de cristal de la caja. Rompí uno de los extremos y le di la vuelta, hasta colocarlo encima del vaso —si no se hace así, luego es muy complicado lamer las vitaminas directamente de la mesa—. Rompí el otro extremo y cayó el líquido color marrón dentro del vaso; colocaba un dedo sobre la abertura de la parte superior de la ampolla, parando el flujo del líquido, y lo quitaba, para volver a dejarlo caer. Parar, fluir, parar, fluir, parar, fluir, joder, parar, fluir, mierda… Mierda… Mierda…Por primera vez en mi vida, después de desenfocar la vista, conseguía ver el maldito puzle de las manchas en tres dimensiones; y cuando lo veía, ya no había manera ni modo de ver otra cosa distinta, por más que lo intentara. Estaba tan claro, y era tan evidente, que te resultaba extraño y raro que hubieras tardado tanto tiempo en poder verlo. «Joder, si estaba ahí, delante de tus ojos. Juan, que no te fijas». Me levanté de la silla de la cocina de un salto, me puse lo primero que encontré en el ropero y bajé hasta la casa de Odón  Camuñas. Antes, hice un par de llamadas, por si las moscas, que uno no es un loco ni un inconsciente.
Pulsé el timbre de la puerta tres veces. Seguro que estaba acostado, lo que me permitiría pensar las cosas un poco más
y no dejarme llevar por los impulsos, pero al tercer timbrazo, un sonido de zapatillas de paño arrastrándose me llegó a
través de la puerta. Al abrirse, la imagen de Odón Camuñas en pijama me hizo pensar en dar media vuelta y decirle que
me había equivocado de planta, para así poder corroborar mi fama de estúpido despistado; pero hay veces en la vida en
las que uno debe enfrentarse a su destino y echarle un par de cojones a la cuestión.
—Hola, Juan, ¿pasa algo?Mi vecino se rascaba la cabeza intentando emparejar los pocos pelos que le quedaban y así tener una pinta un poco más presentable.
—Buenas, Odón, pues que estaba en casa y me acordé de que tenía que darte la solución de aquel problema que me dijiste… «Bueno, como excusa no está nada mal; peor hubiera sido pedirle un poco de sal».
—Oh, bueno, no tenías que haberte molestado, podías haberlo hecho mañana.
En realidad, quería decir que no tenía que haber bajado a tocarle los cojones cuando ya estaba acostado, y muy  posiblemente dormido, y que me podía introducir la solución en el cuerpo a modo de supositorio.
—Oh…
—Pero ya que estás aquí, pasa.
—Si te he molestado, perdona… —continué mientras entraba en su casa.

—No pasa nada; de todas maneras estaba leyendo en la cama, así que… —al menos tenía la prudencia de no decirme la verdad y hacer la situación más incómoda de lo que ya era.
—Bueno, pues verás… Si no recuerdo mal, teníamos dos puertas, una hacia la libertad y otra hacia el cadalso. En cada
puerta, un vigilante; uno de ellos sincero y el otro mentiroso. Y con una sola pregunta tendríamos que averiguar cuál
es la puerta que nos libra de la muerte. Es algo enrevesada, pero es sencillo comprobar que funciona. Es algo así como
qué me respondería tu compañero si le preguntara cuál es la puerta que lleva a la libertad, y sea cual sea la respuesta, hay que coger la puerta contraria. No tenemos más que coger un papelito y ver todas las posibilidades y podremos comprobar que siempre funciona.
—Brillante, muy brillante… Debo felicitarte porque eres el primero que conozco que resuelve uno de esos problemas. Quizás deberías plantearte entrar en el Club de Mensa.

Sonaba a que estaba admirado pero, por la expresión de sus ojos, no le había gustado absolutamente nada que yo hubiera encontrado la solución. Y eso era evidente, había encontrado a alguien que podía hacerle sombra, que tenía
posibilidades de darle respuesta a sus retos y sus gilipolleces. Quizás ahora su lugar en el centro del universo estaba un
poco más desplazado hacia la derecha.
—Bah, no tiene importancia, es sólo un problema. Los hay más complicados y difíciles de resolver.
«¿Podría meterlo en mi terreno, llevarlo hasta donde yo quería tenerlo?»
—¿Ah, sí? Pues esos son los que más me gustan a mí, los que son retos auténticos.

—Pues sí que los hay; es más, desde hace unos días tengo uno que no para de darme vueltas en la cabeza, y esta noche
he conseguido resolverlo.
Cada vez estaba más intrigado y me miraba con ojos de lince, tras sus gafas de concha, esperando ansioso lo que pudiera decirle.
—Pues cuéntamelo, hombre, que me tienes en ascuas.
Sí, había picado el anzuelo, y ya sólo era cuestión de tirar del hilo. Ahora quedaba decidir si ser cuidadoso y taimado, o soltar la bomba de golpe.
—Verás, resulta que no entendía cómo se podía asesinar a alguien en medio de una reunión y quedar impune.

Toma ya. Este Juan Cacho se ha vuelto loco o se ha bebido hasta el agua de los floreros ¿Está totalmente convencido de que Odón Camuñas asesinó a su mujer? ¿Podrá probarlo? ¿Alguien se ha enterado de la solución del puñetero problema del condenado a muerte de las narices? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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