Capítulo 11: Unas webs, una cámara y un par de problemas… (versículo sexto)

—Verás, esta noche estaba echándome una ampolla de vitaminas y de pronto lo vi claro. ¿Me permites?

Me acerqué a uno de los muebles de la cocina y lo abrí. Ante mis ojos apareció la tetera, agazapada contra el fondo del mueble.

—Sí, claro. Ya que te has vuelto loco podemos seguir jugando… Si te parece bien, mientras llamo a la policía o al psiquiátrico, lo que tú prefieras.

—Ah, no te preocupes, seguramente la policía ya está en camino —tomé la tetera entre mis manos y me la acerqué  todo lo que pude a los ojos, intentando no saltarme uno con el pitorro. Después de darle varias vueltas encontré lo que buscaba, un pequeño agujero en el asa, tan pequeño que era prácticamente imperceptible si uno no se la pegaba a las narices—. Aquí está, muy bien disimulado, por cierto.

—¿De qué hablas? —le acerqué la tetera, y le enseñé el pequeño orificio—. Ah, eso, bueno, es un fallo del barro.

—Sí, claro, Odón Camuñas, experto en todo, que ha montado exposiciones con sus estupendas piezas, moldea una tetera y le deja un pequeño boquetito, claro, claro. Pero seguro que si rompemos el asa, veremos que por dentro está hueca, y que posiblemente queden restos de veneno o de droga, aunque también la puedes haber limpiado, ¿o no lo has hecho, creyendo que nadie lo descubriría? —comenzó a cambiar la cara—. Oh, vaya, esa cara quiere decir que no. ¿Sigo?

—Sí, por favor, no te cortes, estoy fascinado.

—Bien, pues el sistema es bien sencillo: metes el veneno por el agujerito, y lo tapas con cera o algo que puedas quitar fácilmente; luego, coges la tetera y sirves el té a todo el mundo, y cuando le llega el turno a la pobre de Remedios, quitas el dedo, y así dejas caer el veneno, seguramente por otro agujero que tendrá el asa y que la comunica con el interior del pitorro de la tetera. Y voilà, ya tenemos el asesinato perfecto.

Odón Camuñas, sentado en su silla, la espalda echada hacia atrás, empezó a aplaudirme. La verdad es que esperaba otra reacción, quizás un ataque sorpresivo con la espumadera, o un golpe traicionero con la silla, pero lo del aplauso me sorprendió.

—Magnífico, realmente magnífico —mientras aplaudía, asentía con la cabeza en un gesto sincero y admirativo—. Me has dejado de piedra; no esperaba que fueras tan agudo, la verdad.

—Ha sido todo por casualidad, de veras.

—Bueno, la casualidad, la indiscreción, y unas buenas dotes de lógica para unir todos los datos, todo junto… Nada mal, no está nada mal. Definitivamente tienes que pertenecer al club. Quizás les mande una carta recomendándote.

—Si te dejan escribir desde la cárcel…

En ese instante sonó el timbre de la puerta; al otro lado, un murmullo de mucha gente, un pequeño revuelo que iba aumentando de volumen. Entre el maremágnum de voces, Doña María del Pilar sobresalía sobre el resto, diciéndoles que le estaban dejando la escalera perdida de colillas, y que si se creían que iban a irse de rositas estaban todos muy equivocados.

—Juan, por favor, ¿podrías abrir tú la puerta?

Dicho y hecho. Unos agentes de policía y otros señores de paisano, seguramente detectives, enseñaron sus placas.

—¿Odón Camuñas, por favor?

Tras de mí, una voz aguda y serena respondió que adelante y que si deseaban una taza de té.

Ya queda menos para el desenlace final. Podrás verlo en las próximas y escasas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. 

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