Capítulo 12: Cinco dedos marcados, una nota y un café pendiente (versículo primero)

En el barrio no se hablaba de otra cosa; no había panadería, tienda de ultramarinos, cafetería o estanco en el que no se comentara lo sucedido la noche anterior. Y en medio de todas esas conversaciones, Juan Cacho. «Sí, hombre, el tío ese que vive en el quinto del bloque de enfrente del kiosco, al lado de la tienda de deportes; uno muy canijo y con unas pintas muy raras que trabajaba en la academia del vicioso ese». Me había convertido en héroe, algo extraño para mí que sólo pasaba por esos tragos cuando le traía las notas a mi madre. La historia estaba empezando a tomar tintes épicos. Que si había luchado contra Odón, que si éste estaba armado con una sierra eléctrica, que si había esquivado unas balas… «¿Balas?» Que si mi vecino tenía escondidas en el cuarto a doce chicas rusas destinadas a formar parte de la plantilla de un burdel de carretera, del que, por cierto, era el principal cliente… Ya se sabe qué pasa en estas situaciones: el comentario era una bola de nieve del tamaño de un grano de arena a la entrada del barrio, y cuando llegaba a los bloques situados en la parte de arriba, era tan grande como un autobús de línea.

Y yo, mientras tanto, volvía de la comisaría. Me había pasado toda la noche declarando, contando la historia una y otra vez. Que si se rompió la escayola, que si vimos la cámara, que si no me fiaba de mi vecino, que si se escuchaban risas… Evidentemente, la parte del registro me la salté; no por nada, es que no me apetecía probar la comodidad de los calabozos de Alhaurín. Así que una llamada anónima les informó de que, en el escritorio, tras los libros, podrían encontrar información importante para el caso. Gracias a Dios, de Vicente sólo constaban en los archivos las huellas digitales, pero no su voz.

Cuando volví a casa, todo con el que me cruzaba me saludaba, como si me conocieran de toda la vida. Dos señoras mayores se me quedaron mirando unos segundos, con el descaro propio de la tercera edad; cuchichearon algo entre ellas y se santiguaron. Al entrar al bloque me encontré a Doña María del Pilar barriendo los escalones de la entrada con la violencia acostumbrada, intentando quitarle el dibujo al terrazo.

—Oh, don Juan, qué alegría me da verle… De buenas nos hemos librado gracias a usted…

—Buenas, doña María…

—…Porque yo siempre lo he dicho, que usted era una bellísima persona, un auténtico caballero de los que ya no quedan, no como ese degenerado del tercero, así lo metan en la cárcel y tiren la llave al mar…

—La dejo, que estoy loco por pillar la cama…

—…Y es que nos tenía tan bien engañados a todos; menos a mí, claro, que lo tenía calado y bien calado. Vamos, de una se van a reír, como no tiene una experiencia ni nada con semejante clase de individuos… Pero usted es distinto, qué va, donde va a parar, porque…

Cuando la puerta del ascensor se cerró a mis espaldas, ella seguía con su monólogo. Esperaba que se le pasara pronto, se le olvidara todo y me dejara tranquilito. Aunque, bien pensado, quizás todo esto sirviera para que no me achuchara mucho con el pago del alquiler. La casa estaba vacía; lo más probable era que Vicente estuviera en el Dos Tercios aumentando más mi fama y poniéndose a sí mismo por las nubes como pieza fundamental en toda la historia. En cierta forma, no se podía negar que tenía buena culpa del descubrimiento y si de esa manera me quitaba protagonismo, pues miel sobre hojuelas.

Estaba totalmente rendido: la espalda tensa, los ojos rojos como dos tajadas de sandía, unas ojeras grandes y negras como dos máquinas de escribir, y un pellizco en la boca del estómago de no probar bocado en un buen número de horas. Pero no era el momento de sentarse a la mesa sino de descansar, y luego ya nos hincharíamos. Así que eché las persianas hasta abajo, descolgué el teléfono y me tiré en la cama vestido y todo, boca abajo y metiendo la cabeza debajo de la almohada. Al rato, unos golpes en la puerta me despertaron. A mi parecer, no habían pasado más de cinco minutos, pero al comprobar la hora en el reloj de la mesilla de noche, observé que había dormido más de seis horas; o sea, que me había perdido el desayuno, el almuerzo y llevaba camino de saltarme la merienda. Si se enterara mi madre, me castigaría sin ver la tele.

—Ya vaaaa, ya vaaaaa —el que fuera tenía unas enormes prisas porque no paraba de aporrear la puerta a golpes de nudillo—. ¿Es que se le está pegando fuego al bloque o qué?

—Hola, Juanillo…

—Maldito niñato del demonio… Tienes diez segundos para inventarte la mejor excusa del mundo para que me despiertes así. Y si no la tienes o no es lo suficientemente buena, empieza a correr escaleras abajo.

Este Angelito tenía el don de la oportunidad.

—¿Qué pasa, tío, que tu madre no te enseñó a desnudarte antes de echarte a dormir? Anda, déjame pasar, que tengo que contarte novedades… Y de las buenas.

Y sin más preámbulos se me metió en la casa, abrió el frigorífico y se sirvió la última lata de Coca Cola que me quedaba. No, si al final iba a haber más de un crimen en el bloque…

—Antes de que acabes con todo lo que me queda, ¿podías sentarte y explicarme de qué demonios me estás hablando?

—Oh, sí, claro.

La historia había salido como planeamos. Tras engañarla, haciéndose pasar por el bello joven de dieciocho años, rockero y melenudo —foto incluida— había conseguido sin esfuerzo una cita con ella en la hamburguesería. Por otro lado, y para rizar el rizo, había enviado emails a sus compañeros de clase, anunciándoles que el día de la cita algo gracioso iba a pasar en la hamburguesería, a las seis de la tarde. Así que hoy, día convenido y a la hora acordada, aquello estaba como un estadio de futbol en la final de la Copa del Mundo; vamos, que los alfileres no podían pasar por taquilla. La había hecho esperar tres cuartos de hora, observándola desde un rincón apartado, en una mesa medio escondida tras una máquina de refrescos.

—Joder, macho, he disfrutado viéndola esperar de pie, en la puerta, mirando para todas partes desesperada.

—Eres cruel, Angelito…

Bueno, parece que las enseñanzas del maestro han calado en su discípulo. ¿Cómo acabó el encuentro? ¿Consiguió Ángel vengarse de su joven amor platónico? Eso y más en las próximas (y escasas) entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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